martes, 1 de julio de 2014

Una entrevista de Miguel Rodríguez Liñán, en CiberAyllu

CiberAyllu, el 11 de septiembre de 2002

Somos víctimas de una historia
implacable y sin fin

Por Miguel Rodríguez Liñán

Hace varios meses el trabajo de investigación que me ocupa gira alrededor de artistas y escritores peruanos. Esta vez, luego de leer El cazador ausente, quise entrevistar al escritor Alfredo Pita (Celendín, Perú, 1948). Su novela obtuvo hace un par de años el Premio Internacional de Novela Las Dos Orillas, otorgado en España, y fue traducida simultáneamente a los idiomas francés, italiano, portugués y griego; luego apareció en Barcelona, con el sello de Seix-Barral. Tras la salida de su libro en francés, Pita fue invitado por Bernard Pivot —el célebre oficiante de Apostrophes— a su famoso programa televisivo, uno de los mejores y de más prestigio en el mundo literario, honor que entre los escritores peruanos sólo ha merecido Mario Vargas Llosa. Indiscutiblemente, París sigue, seguirá siendo órgano principal (tal vez el corazón) del cuerpo mundial de la literatura. Le Monde y otros periódicos de primera, en diferentes países europeos, también se ocuparon de nuestro compatriota. En El País, de Madrid, el crítico Miguel García Posada, uno de los más respetados y solventes de la prensa española actual, escribió que El cazador ausente era «la amplificación de dos mitos: en primer lugar, y sobre todo, el mito de Ulises, el mito del viajero que regresa a su tierra nativa; en segundo término, el mito edípico, esto es, la investigación de la verdad a  cualquier precio». Sé que en el Perú, misteriosamente, el libro de Alfredo Pita no ha trascendido como debería. ¿Por qué? Es una de las interrogantes de la entrevista que sigue. La respuesta habla de alguien que sabe lo que está haciendo. (MRL)

Hace poco me dijiste que no solías asistir más a reuniones literarias. No estuviste en la convocada por el CECUPE (Centre culturel péruvien), el 24 de junio, en la Société Française des Poètes. Sin embargo, te vi en el recital del Trois Mailletz, donde participaron Leopoldo Chariarse, Américo Ferrari Ferrari, Carlos Henderson, entre otros. Dinos algo al respecto. 
Alfredo Pita: —Seamos precisos: no rechazo las citas literarias sino algunas más bien sociales, que poco tienen que ver con la cultura y la creación artística, y mucho con el cóctel fácil. Además, lo sabes, la oferta cultural de París es amplia y es difícil estar en todo, más aún si se trabaja y no se tiene más la libertad del estudiante o del joven escritor que empieza su vuelo. Y la prueba de que pese a todo voy a algunas reuniones, es que estuve entre el público en el acto que evocas, el homenaje a Westphalen, organizado también por el CECUPE, donde leyeron algunos de mis amigos generacionales y ustedes, los nuevos.

Supongo que tu trabajo en Radio Francia Internacional es absorbente y requiere una disponibilidad a cien por ciento. ¿Es el empleo que tenía Vargas Llosa en sus años parisinos?
Yo no trabajo en Radio Francia sino en la Agencia France Presse, donde, efectivamente, a comienzos de los años 60, trabajó Mario Vargas Llosa, antes de pasar a la ORTF. Y no sólo él. En la AFP también estuvo, durante trece años, Julio Ramón Ribeyro. Y, si no me equivoco, en esa época, también Luis Loayza y Alfredo Torero, entre otros. Veinte años después de su paso por la AFP, a comienzo de los 80, Mario Vargas Llosa, generosamente, le escribió a quien por entonces era jefe del servicio español para anunciarle mi candidatura y para recomendarla. En su carta evocaba «aquella larga mesa como de convento de frailes» en la que trabajaban los periodistas de su tiempo. Este ambiente también lo conoció Julio Ramón.

Más de cuatro décadas han pasado desde el año 60. ¿En qué condiciones trabajan hoy los periodistas de la AFP?
En efecto, todo ha cambiado. Creo que antes el trabajo era más amable, pese a todo. Ahora trabajamos duro y en medio de una jungla de computadoras que hacen hervir el aire mientras damos cuentas del acontecer humano del instante, hecho en general de violencia, guerras, masacres, enfermedad, desfalcos, codicia y hambruna, desgraciadamente.

¿Escribes también para otros periódicos? ¿Cuál es tu relación actual con el periodismo en el Perú?
Es escasa. Caretas, de vez en cuando, me abre sus páginas para que exprese mi opinión sobre cuestiones concretas, si no en el Perú no tengo otro espacio. Y esto se debe a que, por un lado, yo no puedo hacer periodismo informativo por mi cuenta pues tengo un contrato firmado con la AFP. Por otro, en nuestro país, sobre todo en los últimos años, durante la noche del fujimorato, no se desarrolló una prensa capaz de asumir puntos de vista que en ciertas circunstancias pueden parecer discrepantes con el «buen juicio» o con los reflejos timoratos de ciertas «mayorías silenciosas».

La noche del Chino es bella imagen; pero ¿a qué puntos de vista te refieres?
Por ejemplo, al empeño que pusimos algunos, muy pocos, para denunciar asuntos como la amnistía de los militares asesinos. O al pedido de que, en el caso de los sentenciados por terrorismo, se revisase en forma ecuánime las condenas injustas o desproporcionadas impuestas, en muchos casos a inocentes, por los ilegales «tribunales sin rostro». O al reclamo de que se evitara la masacre en el caso de la toma de rehenes en la residencia diplomática japonesa. Temas todos estos que, es cierto, no eran populares, pero que algunos creíamos que debían plantearse para suscitar en el país un debate político y moral, para ayudar a que avance la verdad y la justicia. Temas que nos merecieron todo tipo de ataques y que hoy se debaten, y que espero contribuyan a mejorar nuestra marcha hacia una verdadera democracia.

¿Y cuál es tu relación, física y síquica, emotiva o racional con el Perú?
Cómo expresar eso. El Perú es mi país y lo quiero entrañablemente, pese a lo que a veces puedo decir sobre los abismos de injusticia y de horror que esconden los pliegues de su historia, sus instituciones, las sui generis relaciones entre peruanos...

Allí hay un problema al que aludes siempre, incluso en tu libro. ¿Cuál es?
El problema es que los peruanos somos víctimas de una historia implacable y sin fin, de un mal heredado del tipo de sociedad que por mucho tiempo estuvo vigente en el país y que aún hoy nos impone sus secuelas. Esa sociedad de castas, ese «apartheid» que nunca dijo su nombre, se ha infiltrado en el cerebro de la gente. Los efectos han sido y son devastadores. Nuestra historia nos ha hecho a todos víctimas de una psicopatología colectiva y marca nuestro comportamiento incluso frente a nosotros mismos. Esto se expresa de mil modos y será difícil de erradicar. ¿Cómo someter a todo un pueblo a una psicoterapia de masas? Algo habrá que hacer, sin embargo. Tendríamos que recurrir a todos los psicoanalistas del mundo, incluso a los argentinos... (risas).

¿No estás exagerando? Además, psicoterapia y psicoanálisis son lujos de sociedades tecnológicamente desarrolladas, creo. Sigamos hablando del Perú.
Tómame a la letra, pero no tanto. En cuanto a lujos, mira, cuando un peruano de la Amazonía va donde un maestro para hacerse una «limpieza», con ayahuasca o sin ella, está intentando poner en orden su mundo interior, para de ese modo ponerse en armonía con el mundo exterior. Eso es psicoterapia. Con mi alusión a otras terapias «desarrolladas» ironizaba, claro está, pero es obvio que necesitamos ayuda. En este sentido creo que si la Comisión de la Verdad hiciera su trabajo como se debe sería un gran paso adelante. Es una oportunidad que no debemos desaprovechar de ningún modo.

¡Así que la culpa es de la Historia!
Somos hijos de la Historia. Fíjate, un importante vector de la relación entre los peruanos es la agresión. Esto no es casual. La gran mayoría de peruanos procede de clases y castas oprimidas, agredidas. Irrespeto, violencia verbal, chismes, calumnias, chistes asesinos, todo esto son válvulas de escape de un volcán que no logramos vomitar, evacuar, para «limpiarnos», para ponernos en armonía con nosotros mismos y con el mundo. Esto es un reflejo de la miseria material, económica, que finalmente es moral, en que por siglos se debate el grueso de la población. Nuestra sociedad es desde el pasado una sociedad enferma y nosotros somos el producto.

¿Todos...?
Todos: nuestras «élites» económicas y políticas, tan mediocres y antinacionales; nuestros mestizos que se creen blancos; nuestros supuestos blancos que se creen nobles, olvidándose que hasta anteayer sus ancestros sólo eran emigrantes calatos; nuestros cholos y zambos que recién están aprendiendo a despreciar a quienes los despreciaban, después de haberse despreciado a sí mismos por siglos, convencidos por los de arriba de que eran inferiores. Y en medio de todo esto nuestra juventud desorientada, sin libros, condicionada por la televisión norteamericana como único agente de cultura...

¿Es ésa tu desoladora visión de lo peruano?
En verdad es una visión desoladora, sobre todo cuando se piensa en los jóvenes, pero, ¿con qué coartada moral uno podría pensar en forma diferente...? Sobre todo frente a los últimos sucesos de este zafarrancho heredado del pasado. En los últimos años, mientras el pueblo peruano capeaba la crisis como podía, con heroica tenacidad, nuestras supuestas «élites», como siempre, abonaban sus bolsillos, robaban en todas formas, vaciaban lar arcas nacionales que son de todos. Todos han delinquido, presidentes, ministros, todos. Hemos asombrado al mundo con nuestros banqueros, empresarios, dueños de canales de televisión y de diarios, arrodillados ante Montesinos, rogando, orando, contando ávidamente el billete de la corrupción. Ésa es la gente respetable que tenemos y que siguen, con otros nombres y apellidos, a cargo del timón del barco.

Esa presunta animosidad algunos la llamarían odio, pero debe ser amor... Pienso en Emile Zola fustigando al gobierno francés cuando el caso Dreyffus, por ejemplo...
En el caso del Perú tenemos a Gonzáles Prada, cuya actitud moral y crítica frente a los males de nuestra sociedad debería ser enseñada desde el colegio. Pero no me comparo con él ni con nadie. Mi visión de las cosas es la de mi generación, que aspiró a la justicia social, a la equidad. Yo amo a mi país y a su gente pero desprecio profundamente las taras que nos han impuesto.

¿Y es diferente tu relación con tu ciudad natal, Celendín?
Ah, bueno, es otra cosa y se explica. Celendín es para mí el marco de la infancia, los límites del paraíso y de una felicidad diáfana, natural, gozosa y sin fin, que duró sólo unos cuantos años, hasta que terminé la primaria y los mayores decidieron que había llegado el tiempo del viaje y me enviaron a Lima, a estudiar en el Colegio Guadalupe. Celendín sigue siendo para mí esa arcadia en la que cada mes de agosto sigo elevando mis cometas en la colina de San Isidro, mientras a mis pies se adormece la ciudad armoniosa, con sus muros blancos y sus tejados colorados, por donde se escapa el humo de los fogones donde se preparaba, a las cuatro de la tarde, el chocolate que todos, pobres y ricos, tomábamos a esa hora. Celendín también tenía sus taras, pero no tuve mucho tiempo para darme cuenta. Estaba muy ocupado jugando al trompo o contemplando horizontes y nubes lejanas, pensando dónde se incendiaba el atardecer cuando se ponía tan rojo sobre las montañas azules.

Baudelaire, creo, ha escrito que la patria es la infancia... Y ahora estás en París. ¿Cómo llegaste? ¿Hace cuántos años que vives en Francia?
Vine con la intención de trabajar aquí, y con mi familia, a fines de 1983, luego de experiencias duras, y hasta escalofriantes, por las que pasamos tantos peruanos en ese tiempo. En mi caso, tras haber trabajado en El Diario de Marka y haber estado en Ayacucho, como enviado especial, poco después de la masacre de Uchuraccay... Pero ya antes había vivido en París en dos temporadas: el segundo semestre de 1973 y entre julio de 1975 y septiembre de 1977, cuando vine becado a estudiar periodismo. Estos dos períodos fueron mi prehistoria parisina, el tiempo de la bohemia y del aprendizaje. El otro, más reciente, ha sido, y es, más bien, el de la responsabilidad y el esfuerzo por escribir robándole tiempo y energía a la tarea alimenticia.

Cuenta algo de esa tu prehistoria parisina. Los primeros avatares, la amistad con otros poetas o escritores peruanos llegados por la misma época, o ya instalados en París, como los hermanos Patrick y José Rosas.
En 1968, en el Café de Letras de San Marcos, en los bares del centro de Lima, los poetas «niños» que éramos entonces (los jóvenes eran Calvo, Cisneros, Hinostroza, etc.) ya anunciábamos de distintos modos que queríamos comernos el mundo. Algunos hablábamos de que queríamos viajar, otros callaban. Al final casi todos partimos. De mi grupo de San Marcos fui el pionero en París. Cuando llegué, en 1973, aquí sólo encontré a dos peruanos de mi generación, el poeta José Carlos Rodríguez y el narrador José Manuel Gutiérrez, más conocido como «Krufú»...

¿Compañeros de estudios del lado de allá?
Ninguno era de San Marcos, pero tenían inquietudes similares a las mías, así que nos hicimos amigos. En aquel segundo semestre de 1973 aprendí la lengua, leí mucho, vi mucho cine y vagué mucho. Tuve, además suerte, por unos meses me encargaron el cuidado de un departamento en la isla Saint-Louis, en el centro de París, con una biblioteca, una discoteca, una cava y una alacena fabulosas, lo que aproveché al máximo.

¿Conociste a escritores famosos o ya consagrados?
Una tarde de agosto de 1973, en Odeón, salí del Metro y vi que al frente, en un cine, estaba haciendo cola un hombre alto, barbado, con abrigo pese al calor. Me dije que lo conocía. Era Julio Cortázar. En el cine pasaban «Bilitis», una película llena de nínfulas apenas veladas. No sé si Julio entró a ver ése u otro de los filmes que allí daban, en todo caso, tuve que controlarme parea no acercarme y decirle ¡Maestro!, como García Márquez le gritó una vez, de vereda a vereda, a Hemingway, en los años 50. A Cortázar lo conocería después. En 1974, en Lima, gracias a la gestión de mi querida amiga Anne Marie Davée, agregada de prensa francesa en la época, Julio me concedió generosamente una larga entrevista en la que hablamos de su polémica con José María Arguedas. La conversación se dio torno a dos «catedrales» de pisco sour, en el bar donde se inventó el brebaje, el hotel Maury. A la misma invité al crítico Alat... En otra ocasión, en el mismo cine de Odeón, me encontré haciendo cola con Alfredo Bryce Echenique y su esposa Maggie. Ambos muy jóvenes y muy amables, como siempre, pese a que apenas nos conocíamos. Luego, en 1975, nos haríamos amigos con Alfredo, a quien incluso, más tarde, en noviembre de 1977, llevé, a su pedido, hasta Celendín. Quería ver la tierra de su ama, de su Mama Rosa. Viajamos en un ómnibus de Tepsa. En las noches de mi tierra mi tocayo aprendió lo cerca que los peruanos andaban de la Vía Láctea.

¿Y los poetas peruanos de entonces?
En 1975, cuando volví a París, me encontré con que Elqui Burgos, que dos años antes había partido para México con una beca para escritores, al terminar ésta había decidido establecerse en Francia. Al poco tiempo llegaron Patrick y José Rosas, ambos muy buenos amigos míos, como Elqui, desde la época en San Marcos, del «Palermo» y otros bares. Más tarde llegarían Oscar Málaga, Carlos y Carmen Henderson, y Jorge Nájar. A fines de 1976 estuvieron de paso Tulio Mora, Enrique Verástegui y su mujer, la poeta Carmen Ollé, quienes volverían.

Toda una pléyade de la poesía peruana... Sigue contando.
Así es. En la Navidad de 1976, las buhardillas de 33 Avenue Georges Mandel, donde el grueso de esa selecta concurrencia se había instalado —acogida por Elqui y su compañera Mélida, la «Bienquerida», por los Henderson, por Rodríguez y «Krufú», y por quien te habla—, albergaban a la más nutrida concentración de escritores peruanos en agraz que nunca se había reunido en el extranjero. A los que habría que sumar otros que vivían en París, en otros lados, pero que nos visitaban, como Balo Sánchez León o Héctor Loayza, o en Londres, como Rafo Drinot. Sin olvidar a quienes vivían en nuestra misma elegante barriada pero que no se dedicaba a las letras, aunque las protegían con lentejas y vino, como el abogado José Ríos, el pintor José Tang o los hermanos Juan y Leo Yucra. O a los que vendrían después, como el narrador Eduardo González Viaña, quien llegó luego de que me fui, en 1977, y se instaló en el que había sido mi cuarto. Según se dice, fue en 33 Avenue Georges Mandel que Eduardo cayó de rodillas una noche, ante la visión de una mujer divina que le ordenó escribir un libro sobre Sarita Colonia. Nadie sabe con certeza si en realidad vio a Sarita o a una española, a la que él llamaba «la Virgen», y que era su vecina... (risas).

La génesis de los libros... Y tú te fuiste pero regresaste. ¿Qué pasó mientras tanto con el grupo de amigos?
Cuando volví, seis años después, todo ese «bello mundo» se había dispersado, muchos habían vuelto al Perú, y cada uno ya se dedicaba a combinar el duro oficio de vivir con el no menos duro de intentar escribir.

¿Cuándo conociste a Julio Ramón Ribeyro? ¿Fueron amigos? ¿Era amiguero o no? ¿Hablaba mucho o era parco? ¿Qué es lo que más recuerdas de su temperamento?
Desde que volví a París hice una buena amistad con Julio Ramón. Durante años, hasta que volvió a Lima a comienzos de los 90, cada viernes nos reuníamos para almorzar, junto con amigos como la poeta Ina Salazar, Fernando Carvallo, el finado Carlos Rodríguez Larraín, Marco Carreón, Carlos Ortega y Jorge Bruce. Julio era tímido pero esto no le impedía ser un gran conversador con sus amigos, e incluso un polemista acerbo cuando tratábamos de literatura o política.

¿Qué trabajo literario preparas en estos momentos? El cazador ausente me parece un libro muy bueno. Me llama la atención la poesía que infiltra el tejido narrativo. Es como la sangre en el organismo de una novela. Imagino que se trata de una catarsis. Me acuerdo de un tren, de un muchacho loco que corre a su encuentro...
El tren, a la altura de La Cantuta, en Chosica, el poeta que quiere suicidarse... Te puede parecer extraño pero el personaje que evocas tiene que ver con Chimbote, como tú. Está inspirado en el poeta Juan Ojeda, que fue amigo de todos nosotros y que, más de una vez, en medio de nuestras libaciones, nos hizo pasar sustos como el que cuento. Eran tiempos de poesía, de sed de absoluto, llenos de fulgor y esperanza, pero también autodestructivos... En cuanto a mi trabajo, sigo corrigiendo una novela que hablará del Perú en el momento en que el país iba a precipitarse en la década sangrienta.

¿Por qué tu libro parece haber pasado desapercibido en el Perú? Hay como un silencio extraño en torno a él.
Ah, no sé. Pregúntale a Van Gogh... O a los cuervos que él pintaba... (risas). Aunque, ya fuera de bromas, cuando salió algunos críticos se ocuparon con buen ojo de él. Pienso en Ricardo González Vigil, en Cesáreo Martínez, un buen poeta y un gran amigo, prematuramente ido. No, mi librillo no estuvo del todo abandonado... ¿Sabes? Los libros tienen vida propia, a la larga no les afecta el silencio o lo que se diga de ellos.

Me parece que has incursionado, o incursionas, en la poesía propiamente dicha, al margen de tu labor narrativa. ¿Empezaste escribiendo poemas o directamente la narrativa?
Si bien he hecho el recorrido de muchos narradores que empezaron escribiendo poesía, nunca he dejado de pensar que ésta es la médula misma de la literatura. Empecé escribiendo poemas y sigo haciéndolo, pero a escondidas, como al principio. Y sigo pensando, como decía Drummond de Andrade, que la poesía es cosa seria.

Grosso modo, reséñame tus simpatías o antipatías políticas. Hace unos meses leí una carta abierta en la que denunciabas los desmanes del ex dictador Fujimori.
Bueno, lo de Fujimori es ahora historia, una lección que comienza a documentarse, a conocerse, y que quien sabe, una vez más, no aprenderemos. Porque así somos. No sé si alguna vez él vuelva al poder; pero al margen de ello, sería bueno que sepamos que no inventó nada. El sistema estaba allí esperándolo, a él y a Montesinos, que no hicieron sino potencializarlo, modernizarlo. El problema es el abismo cultural y moral en que nos ha hundido nuestra historia, te lo repito. La falta de cultura cívica, el latrocinio y el aprovechamiento son males endémicos que atraviesan nuestra sociedad del pasado al presente, amenazando el futuro. Y los vivos y aprovechadores están en todos los campos políticos, entre los conservadores y entre los reformistas, e incluso entre los radicales de izquierda recientemente convertidos al liberalismo. Son los peores.

Si me permites, quisiera hacerte una pregunta personal: ¿qué te pareció mi primer trabajo, Leyenda del Padre?
A pregunta audaz, respuesta audaz, ¿no? Digamos que tu novela está llena de promesas, que espero cumplas en el futuro. Contándonos la leyenda del hijo, por ejemplo...

París, julio 2002

viernes, 18 de abril de 2014

Un poema para los que resisten

Guardianes de las lagunas

Tras haber dormido sin cerrar los ojos,
Nos hemos levantado con la lluvia,
Para contemplar el mundo, la heredad.

Nos hemos levantado en la montaña,
Donde duermen Dios, su dolor y el nuestro,
Para llenarnos los ojos de fuerza y de luz.

Nos hemos levantado para ver el cerco,
De los sicarios enviados por los enemigos
Para arrancarnos la piel, para roernos los huesos.

Nos hemos levantado en la mañana final,
Para vivir este largo día en que lo dejaremos todo
En defensa de la vida y de nuestros hijos.

Nos hemos levantado en la montaña,
Bendecidos por la sangre de nuestros hermanos,
Para enfrentar a los cuervos que nos matan.

Alfredo Pita
Viernes Santo de 2014


Lluvia al amanecer, alturas de Conga, primeros días de abril de 2014. Los heroicos guardianes de las lagunas cajamarquinos resisten en condiciones inhumanas a la imposición de la megaminería en la zona.



lunes, 1 de abril de 2013

Una entrevista, de Gloria Cáceres, para Diario Uno

LA VOZ DE LA CALLE, No 219. Trujillo, 8 de marzo 2013.
Esta es una versión ampliada de la entrevista que hace poco publicó el diario capitalino La Primera. Ante nuestro pedido, la entrevistadora, la periodista Gloria Cáceres, nos ha autorizado a publicarla, lo que le agradecemos, pues consideramos que es de mucho interés para nuestros lectores (CBL).

Una novela que debía a mis muertos
y a mí mismo

Por Gloria Cáceres V.
Hace unos días, la emisora francesa Radio Paris Pluriel entrevistó al reconocido escritor peruano Alfredo Pita para tratar temas de su trayectoria y obra. Pita habló con libertad y solvencia de su narrativa y sus temas principales, del trabajo de lenguaje que realiza, de cómo surgen sus historias, etc., pero también de la amistad que tuvo con escritores de la trascendencia de José María Arguedas y Julio Ramón Ribeyro, así como con artistas peruanos que siguen viviendo en Europa, como el pintor Herman Braun.

Un tema que también se abordó fue el compromiso del escritor con la sociedad. Pita dijo que un escritor, como cualquier artista, necesita libertad plena para crear, pero que esto, al menos en su caso, no lo aleja de su condición de ciudadano. “La figura del escritor revolucionario tiende a desaparecer, felizmente”, dijo, pero a la vez indicó que le parecía “una desgracia que el artista se exonere de una participación cívica en la sociedad”. En el Perú de hoy, subrayó, “hay que luchar contra la destrucción de la naturaleza en vastas regiones del país y contra la destrucción de la democracia por los timadores y estafadores que tenemos como autoridades”.

UNA NOVELA SOBRE LA VIOLENCIA

Uno de los entrevistadores, el profesor Abraham Prudencio, se refirió a su trabajo literario actual y le preguntó si no tenía “alguna primicia”. Alfredo Pita anunció que ha terminado una novela cuya historia transcurre en Ayacucho, en pleno conflicto interno. Esto es una gran noticia para sus lectores, ya que en los últimos años el escritor cajamarquino sólo ha publicado libros de cuentos y memorias. En razón de esto, lo hemos buscado para que nos hable de su nueva novela y otros temas.
—¿Su compromiso ciudadano explica su activismo antiminero?

—No soy antiminero por las puras. Estoy contra la real y probada destrucción de las fuentes de agua y del marco de vida de la gente. En esta medida acompaño de todo corazón la lucha de mi pueblo, Celendín, en Cajamarca, contra el proyecto Conga, en vista de que el gobierno ha optado por convalidar la acción criminal de la mina.
—Su visión del compromiso ciudadano tiene poco que ver con la antigua noción del “arte comprometido”…

—No tiene nada que ver. Esa noción era una invitación al arte mediocre. La única obligación artística que debe tener un escritor es escribir bien.
—¿Qué le ha motivado a tocar en su libro el tema de la violencia?

—Bueno, son muchos los motivos que tengo. Estuve en la zona de Ayacucho en 1983, reemplazando a uno de los periodistas asesinados en Uchuraccay. En las semanas que pasé en el lugar vi muchos cadáveres, por lo que el drama de la violencia interna lo he llevado siempre en mí, como posible tema para un libro, como una deuda para con mis colegas muertos y para conmigo mismo.
—Otros ya han tocado el tema e incluso piensan que está agotado.

—Pues se equivocan. Pese a lo ya publicado, los años de la violencia apenas comienzan a ser tratados. Vendrán más libros y más historias. Muchas cosas están por decirse.
—¿Podría darnos un adelanto sobre su novela?

—Es la historia de un periodista que llega a Ayacucho en 1991 para intentar un gran reportaje y que busca entender la mecánica de la guerra sucia que se daba allí.
—¿Su actuación como periodista en los días de Uchuraccay, de alguna forma le ha dado elementos para su novela?

—Uchuraccay está presente en la historia, pero como parte de un telón de fondo. El relato es un lento viaje en los meandros culturales que esconden la realidad social peruana y explican la violencia. Para un peruano, limeño o no, entender Ayacucho en esos años era difícil. Había que ser ayacuchano para comprender lo que allí ocurría. Para subrayar esta distancia, mi personaje es un extranjero algo anarquista y sin prejuicios.
—La violencia en Ayacucho, ¿cómo la aborda?

—Es difícil responder a esto. He intentado recrear el horror cometido contra los individuos, pero buscando también un diapasón para la tragedia colectiva.
—¿Cuánto tiempo te tomó la redacción de su novela?

—Empecé a escribirla hace diez años, pero la interrumpí.
—¿Por qué…?

—Por lo que has dicho, había mucha gente publicando sobre Ayacucho. No quería aparecer como un escritor oportunista que se aprovecha de un tema de moda.
—¿Cuál es el título del libro?

—Ya lo verás cuando salga. El manuscrito lo he trabajado bajo el título de 1991, la Batalla de Ayacucho, pero no sé si será el título definitivo.
—¿La va a publicar en Lima, en España o en París?

—La voy a publicar en Europa, seguro, pero quisiera que salga pronto en el Perú. Para esto tengo que hallar el editor adecuado.
—¡Cómo así…, el editor adecuado!

—Necesito en Lima un editor que me pague un adelanto correcto. Necesito dinero para ayudar a los familiares y víctimas de la violencia que el Estado peruano ha desatado contra la población campesina de Cajamarca.
—Admiro su idea del compromiso ciudadano y su permanente cercanía, simpatía para con las víctimas. Para terminar, ¿invitaría a otros escritores a que se aúnan a su posición, a sus proyectos de ayuda?
—Esto es algo personal. Estamos en una época de mercadeo, poco propicia para que los artistas se piensen ciudadanos, pero no seamos pesimistas, hay algunos, y no son pocos, que sí lo hacen, que sí piensan en los demás, felizmente. No podemos pretender vivir en una sociedad democrática y civilizada si no luchamos por los derechos humanos y por los derechos de la naturaleza. Si queremos una vida digna para nosotros y nuestras familias, debemos luchar para que todos la tengan.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Sobre Chávez, un insurgente de nuestro tiempo

Chávez era un militar latinoamericano, con la formación y las limitaciones de un militar latinoamericano, pero no se quedó allí. No era el rebelde intelectual, humanista e ilustrado que nos hubiera gustado, pero lo valioso es que se trascendió a si mismo. De ser el militar formado para obedecer a los poderes factuales que nos atenazan y asfixian, avanzó hacia el militar rebelde que se hace cargo del sufrimiento y de las necesidades de su pueblo e intenta remediarlos. Y su poder surgió y fue ratificado por las urnas democráticas, lo que obvian con sospechosa ligereza sus múltiples críticos, dóciles a las señas del imperio y golpistas contra sus propios pueblos cuando hace falta.
Imbuido de su bolivarismo y de su espíritu flamígero y singular, Hugo Chávez pensó el problema de la integración y la unidad latinoamericanas como único medio para salir de nuestra condición de estados neocoloniales, gobernados por poderes fácticos que obedecen a intereses ajenos. Su estilo era tal vez no muy refinado, pero su acción y su mensaje exploraron los caminos por los que nuestro subcontinente deberá avanzar para un día ser plenamente libre. Más que uno de nuestros próceres, quien ha muerto, sin duda, es un hermano actual. Un insurgente de nuestro tiempo, alguien que, con carencias y defectos, se planteó el problema de la dependencia y el sometimiento a un orden que decide por nosotros el destino que merecemos. Así debemos verlo. Su muerte alegra a la derecha cavernaria de todo el continente, pero duele a los pueblos. Esto es lo que cuenta para mí.
El que en Estados Unidos haya gente como el director Oliver Stone y el actor Sean Penn, que hacen esfuerzos por entender el rumbo que quieren tomar Venezuela y los otros pueblos nuestros, me reconforta y alienta. Vean como Stone pinta a Chávez en este documental:

lunes, 28 de enero de 2013

Un año más de la masacre de Uchuraccay

Uchuraccay
o el silencio de los asesinos

Alfredo Pita
 Fui uno los periodistas que llegaron a Ayacucho inmediatamente después de la masacre de Uchuraccay, hace treinta años. Entre los colegas asesinados estuvieron dos queridos amigos: el redactor Eduardo de la Piniella y el fotógrafo Pedro Sánchez Gavidia. No estuve en la terrible exhumación de mis colegas, pero sí en las diligencias posteriores, y, luego, en Lima, en su sepelio. Yo, Alfredo Pita, tomé el lugar de Eduardo de la Piniella en Ayacucho, como enviado especial de El Diario de Marka.
¿Cómo ocurrió la masacre, aquel el 26 de enero de 1983? ¿Quiénes participaron en ella? ¿Quiénes la decidieron? ¿Fue un hecho fortuito o fue calculado? Estas y muchas otras preguntas siguen sin respuesta. Siguen encubiertas por el denominado ‘secreto militar’.
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Siete de los ocho reporteros, a pocas horas de la tragedia.
La información, datos y testimonios que recogí a través de mi trabajo en Ayacucho me ayudaron a hacerme una idea global de la tragedia. Uchuraccay, y la masacre previa de Huaychao, que lanzó a los periodistas en búsqueda de información y los llevó a la muerte, no fueron, como pensaban algunos colegas entonces, el inicio de una política de amedrentamiento y silenciamiento del periodismo. Fueron la primera evidencia clamorosa, que escapó del marco ayacuchano, de que estábamos en plena guerra sucia, de que había una masacre silenciosa, de campesinos y sospechosos, y de que, tal como iban las cosas, esa masacre iba a multiplicarse en forma exponencial.
El periodismo “grande” y la sociedad entera callaban. Al margen de algunas pocas voces alarmadas, indignadas, callaban hasta los intelectuales. Y este silencio hablaba de la sociedad peruana y de su estado de conciencia en aquellos días. La Comisión de la Verdad tuvo toda la razón al señalar que hubo responsabilidad y silencio colectivos; pero lo que se olvido de decir y subrayar es que, si se hubiera denunciado la guerra sucia en aquel momento y se hubiese propuesto, y hasta impuesto, medidas inmediatas para detenerla, tal vez se hubiera evitado que la tragedia nos desangrara por quince años.
Ha quedado en mí, para siempre, indeleble, la impresión que tuve cuando entré en la habitación que habían ocupado Eduardo y Pedro, en el hostal Santa Rosa, al ver sus cosas, sus papeles, la maquinilla de escribir de Eduardo sobre la mesa, con una hoja de papel puesta en el rodillo. También martillean mi memoria los muchos cadáveres que vi en esos días, de gente ejecutada por unos y otros, en los alrededores de la ciudad. El olor de la muerte, con su cortejo de gestos congelados, sangre seca y moscas, se queda en uno definitivamente.
Nunca sabremos exactamente quién mató a quién aquella tarde en las laderas de Uchuraccay. Nunca sabremos cómo fue el instante postrero de cada uno de los periodistas y del guía que allí murieron, y a quienes hoy recordamos con dolor intacto. Nunca sabremos quién fue el asesino inmediato, el que dio el último golpe, el golpe mortal que acabó con la vida de cada uno de nuestros amigos y colegas que, buscando la verdad, murieron en ese rincón olvidado del Perú. Sólo nos queda la imaginación herida, la frustración, la amargura, una inextinguible sed de justicia.
Es hora, sin embargo, de establecer responsabilidades, de dejar en claro quiénes y cuándo decidieron las políticas que terminaron en la tragedia de Uchuraccay, y quiénes concibieron e impusieron, o permitieron, la masacre que terminó con la vida de miles y miles de peruanos inocentes como nuestros mártires.
Uchuraccay fue un episodio de la guerra sucia cuyos efectos llegaron hasta Lima, pero que no fueron suficientes como para desatar una reacción ciudadana frente a la sangría ayacuchana, que nadie quería ver en toda su dimensión. Eran los días de la doctrina terrible de “hay que matar sesenta campesinos para que mueran tres terroristas”. Evidentemente, los responsables no fueron sólo los ejecutantes inmediatos de los crímenes: sinchis o no, marinos o no, campesinos o no. Uchuraccay es la llave para abrir el arcano de una guerra que no ha revelado aún sus secretos. Es todavía una batalla por librar. Es la deuda de justicia que tenemos con los muertos del 26 de enero de 1983 y con los muertos de las masacres previas y de las que vinieron después.
Es hora de establecer, ante la justicia y ante la historia, no sólo las circunstancias inmediatas de la ejecución de Uchuraccay y de los otros crímenes evocados, sino también la cadena de autoridad y de mando, y, por lo tanto, de responsabilidad por la orgía de sangre que duró más de quince años. Es hora de exigir la desclasificación de los archivos militares, tal como lo hacen hasta los países más celosos de su seguridad. Los mártires de Uchuraccay nos reclaman que terminemos la tarea que ellos se habían impuesto: ir en pos de la verdad.

París, 23 de enero de 2013

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domingo, 27 de enero de 2013

LA MUERTE DE UN LIBRERO

Me entero de la muerte de Jorge Vega, Veguita, el librero trashumante que por casi medio siglo recorrió las redacciones limeñas, vendiendo a sus escogidos clientes los libros escogidos que ellos no podían rechazar.
Por 1971, me vendió dos libros que nunca podré olvidar.
Sabiendo que aprendía francés, una noche, en "Expreso" me ofreció la Poesía Completa de Mallarmé en su propia lengua, en papel biblia, en la elegante edición de La Pléyade. Yo me relamía frente al volumen, pero viendo que le faltaban páginas del índice (habían sido cuidadosamente cortadas con tijeras) aproveché para regatear. Sonrió con sorna y me dijo: "¿Te has fijado quién firma la página de guarda?" Miré y leí: "Luis Hernández Camarero". "Las páginas que faltan, el hombre se las fumó", me ilustró. Le pagué lo que quiso y sin chistar.
En otra ocasión me llevó un libro titulado "Las novelas de caballería españolas y portuguesas", de Henry Thomas. El tema me interesaba. Viendo la firma del antiguo propietario la descifré de inmediato: "Mario Vargas Llosa". Lo miré con desconfianza y sospecha y él, casi ofendido, me miró con condescendencia. Ventiló las hojas del libro y, del centro, extrajo una foto carnet. Era Patricia, la mujer de Mario, en su época de estudiante. Era el marcapáginas de un lector enamorado. Pagué otra vez lo que quiso. No había ninguna duda, era un libro que había pertenecido al novelista. Años después, mi amiga Patricia Pinilla me contó que ese libro le había sido robado a Mario de su biblioteca por algún amigo indelicado. Felizmente, en ese tiempo, todos los libros valiosos en venta en Lima parecían ir a dar a manos de Veguita. A Mario pude devolverle su libro y a cambio me envió "Los cachorros", en la edición de Lumen, dedicada.

Aunque me hubiera gustado, por supuesto, no pude hacer lo mismo, por razones de ausencia mayor, con Lucho Hernández.
Veguita, en esos años, vivía como un filósofo epicúreo. Por las mañanas, en la primavera, el otoño y el verano limeños, casi indiferenciables, se vestía de Tarzán y, con la larga cabellera al viento, retozaba en La Herradura y otras playas, jugando fulbito, bebiendo cerveza o charlando con quien quisiera ilustrarse con su labia mordaz. Por las tardes y noches se dedicaba a su papel de misionero de la cultura en las redacciones o visitaba a sus amigas de La Nené. Era un sabio, a su modo. Hablando de sí mismo, en 2011 declaró: “Tenía todas las condiciones para ser periodista: no sabía nada”.
Vete en paz, querido amigo, que a algunos nos desasnaste, algo.
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Jorge Vega, Veguita, en los años 70, dedicado al arte que dominaba, la charla.


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lunes, 20 de agosto de 2012

CARTA ABIERTA A OLLANTA HUMALA

Esta carta la envíe el pasado 7 de agosto a la redacción de un importante diario limeño, La República, cuyo editor de la página de Opinión finalmente la publicó, muy recortada, en la sección Lectores. La pongo ahora, íntegra, en conocimiento de mis amigos y de los lectores en general. En algunas circunstancias, expresar los puntos de vista de uno sobre la marcha política del país es una necesidad; en este caso, hablarle con claridad al presidente Humala es, para mí, una obligación moral.
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UNA CARTA IMPOSTERGABLE
AL PRESIDENTE DEL PERÚ


Señor Presidente:
El 3 de julio pasado, la Policía Nacional y soldados del Ejército Peruano dispararon sus armas de guerra contra simples manifestantes en Celendín, Cajamarca, mi ciudad natal. El tiroteo criminal y selectivo dejó un saldo de cuatro muertos, entre ellos un adolescente, y decenas de heridos. Un quinto cajamarquino fue asesinado el mismo día, en Bambamarca, también a balazos, por la policía. Y un mes después, su gobierno, comandante Humala, ha prorrogado el estado de emergencia, mejor dicho las condiciones para que baños de sangre como estos se repitan impunemente.
Con los hechos del 3 de julio culminó una ola de violencia y agresión sin precedentes, contra la población de Cajamarca, por parte de la policía y la tropa que su gobierno ha enviado a la región para militarizarla e intimidar a los habitantes que se oponen a la devastadora minería que practica Yanacocha en la zona. “¿Por qué nos tratan así?”, imploró una humilde madre cajamarquina en una manifestación, en medio de una lluvia de balazos, culatazos, patadas y puñetes policiales. “¡Porque son perros, pues, conchetumadre!”, ladró con odio y rabia el uniformado que la atacaba. Desde entonces flotan en mi espíritu preguntas que me hubiera gustado hacerle en persona, comandante Humala: ¿Esa es la consideración que le merece a su gobierno la inmensa mayoría de peruanos? ¿Esas son las consignas que el poder ha dado a nuestros soldados y policías para que traten con sus hermanos? ¿Quién les ordenó atacar y matar de ese modo?
A la tragedia se suma una ironía cruel. Un año atrás, esos muertos, heridos y golpeados en su inmensa mayoría habían votado por usted, para que sea Presidente del Perú. Votaron por usted y por la esperanza, por la promesa que usted lanzó, libre y voluntariamente, en plazas y tribunas, de que los defendería, de que impediría que continúe el imperio de la minería salvaje y sus macabras prácticas, que incluyen la intimidación sangrienta, la violencia y la corrupción. Las víctimas han sido, pues, víctimas de quien creían su salvador.
Me hubiera gustado escribirle, señor Presidente, para saludarlo y felicitarlo por el primer año de su gobierno y por el cumplimiento estricto del programa que prometió a sus electores, a nuestro país, pero, ya ve, esto me es imposible. Aunque debo confesarle que abrigaba la esperanza de que en su reciente Mensaje a la Nación no sólo nos explicara las equívocas, erráticas y continuistas políticas que su gobierno aplica desde que llegó al poder, sino también, y sobre todo, que diera una explicación coherente y pidiera perdón a Cajamarca —anunciando sanciones— por los crímenes de Celendín y Bambamarca, hechos bárbaros e inimaginables en cualquier sociedad civilizada. Por eso esperé hasta el último día de julio y aun la primera semana de agosto, a la espera de una saludable rectificación. Nada de esto llegó.
Si usted y su gobierno creen que Cajamarca es un rincón perdido del país al que se puede humillar y despreciar impunemente están cometiendo otra trágica equivocación. Al respecto tal vez debo recordarle que en el pasado ya fuimos ocupados militarmente en dos ocasiones: en 1882, durante la guerra con Chile, y en 1932, después la revolución de Trujillo. En el primer caso, usted, como buen conocedor de nuestra historia, sabe que Cajamarca dio la última batalla victoriosa de los peruanos frente al ejército invasor chileno, que los jóvenes colegiales cajamarquinos, encabezados por Gregorio Pita, José Manuel Quiroz y Enrique Villanueva, dieron su vida en San Pablo en defensa de su tierra, sus ideales y su patria. Nada de eso está olvidado. Y en 1932, arriesgando mucho, los celendinos protegieron a los revolucionarios perseguidos y salvaron la vida, entre otros, del escritor Ciro Alegría, que iba a ser fusilado por los esbirros de la dictadura. Cajamarca sabe pues resistir y tiene de donde inspirarse.
He dudado antes de enviarle esta carta abierta, consciente de que el género epistolar ha perdido vigencia. Las circunstancias peruanas, y en particular las cajamarquinas, por la evidente voluntad de su gobierno de imponer el proyecto minero Conga, ilegal desde su raíz, hacen sin embargo este envío urgente e impostergable. Es obvio que si no hay una rectificación urgente de su gobierno en el actual conflicto, los costos, en todos los planos, para el Perú y Cajamarca, serán elevados y terribles. Le ruego por lo tanto que reflexione al respecto y vuelva a su programa original de gobierno. Es la única salida. Nadie le pide que haga la revolución, sólo que cumpla honestamente con su palabra y vuelva a su programa de transformación verdadera que un centenar de escritores e intelectuales avalamos y respaldamos, refrendándolo como garantes. El pueblo peruano le ha dado un mandato sagrado que no debe ser traicionado.
A estas alturas, señor Presidente, no me queda sino pedirle que reflexione sobre lo que implicará para usted y para su gobierno su obstinación por imponer un proyecto que la mayoría de la población de Cajamarca aborrece intensa y documentadamente, no por odio cerril a la modernidad ni al desarrollo como creen algunos maliciosos e interesados, sino porque la experiencia le ha hecho descubrir hasta la saciedad lo que los ecologistas de todo el mundo saben ahora: que el ultraextractivismo minero devasta el planeta y mata la vida. Usted está en el centro de una página decisiva de la Historia del Perú. Usted elige cómo quedará registrado en ella para siempre.
Atentamente,

Alfredo Pita

París, 5 de agosto de 2012.
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miércoles, 4 de julio de 2012

UN POEMA: En la hora decisiva

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Canto a Celendín


A los mártires de las lagunas.

A los jóvenes de mi tierra,
en la hora de su combate decisivo
contra la depredadora minera Yanacocha.



Jóvenes de la Alameda,
De Colpacucho,
Del Cumbe y de las Bajeras,
De la Calle del Comercio y de la Feliciana.
Jóvenes de siempre,
De ayer, de hoy y de mañana,
Ha llegado la hora finalmente,
La hora decisiva, nuestra hora.

Ustedes llevan la bandera,
Ustedes llevan la antorcha
De la justicia
En el corazón y la frente.
Y han sido convocados.
Hemos sido convocados.
Ha llegado la hora
De defender nuestras fuentes puras,
De defender la vida y la tierra entera,
De defender al hombre de los lobos humanos.

Jóvenes de Celendín,
Hijos de la esperanza y de los libros,
Hijos de un sueño herido
Pero jamás abandonado,
Ustedes defienden el futuro
Y el pan limpio de nuestros hijos.
El pan pan, y el pan cielo,
Y el pan agua, y el pan tierra,
El pan de la vida digna y respetada.
El pan nuestro,
Hecho de trigo y de cebada buenos,
Pero también de belleza y de justicia,

El pan nuestro,
Caliente siempre en el horno
De la tarde solar y eterna de cada niño
Al que hoy nos piden traicionar.


Jóvenes de Celendín,
Ha llegado la hora, nuestra hora.
No miren atrás ni a los costados,
No estamos solos en esta hora grave,
Miles de hombres y mujeres de la Tierra
Nos acompañan de cerca o de lejos
Con su aliento y su mirada fraterna.
Ha llegado la hora, nuestra hora.
Nuestra tierra, nuestra patria pequeña,
La madre que nos hizo ricos
Con lo poco que tenía, que era mucho,
Está hoy amenazada por las bestias del cálculo.
Ha llegado la hora, nuestra hora.

Hijos de las lagunas junto al cielo,
De los altos cerros de Jelig y de Tolón,
De Bacón y San Isidro, la colina santa,
Del Huauco bravío y de Huacapampa la bella,
De Molinopampa y Sorochuco altivos,
De los ariscos Jerez, Huasmín y El Sauce,
De los dulces Salacat, Malcat, Pallán y Santa Rosa,
Y de más allá, del Oriente, y también del horizonte,
Donde el día se acuesta cantando sus promesas
De todos los rincones han surgido
Padres, madres, hermanos,
Nuestros viejos maestros con sus libros hechos de luz.

No estamos solos en este combate crucial.
Cueste lo que cueste,
Vamos a fundar el nuevo día,
Un nuevo mundo, sin odio y sin veneno,
Un mundo nuevo donde todos
Podremos beber el agua pura,
El agua agua, el agua limpia de la justicia,
El agua pura de la libertad y la equidad,
El agua pura de la hermandad
Con la que bautizaremos siempre a nuestros niños.

Nuestros padres fundaron nuestro pueblo
Para defender la vida, no para aplastarla,
Para cultivar la tierra, y también la palabra y el espíritu.
Ha llegado la hora, nuestra hora,
De defenderlos también a ellos,
A los viejos soñadores que pensaron
Que nuestro valle era el trozo de paraíso
Que de antiguo les estaba prometido.
Las fieras no van a destruirlo, no lo vamos a permitir.
Nos animan nuestras raíces hondas y fuertes
Además del más puro sentimiento de justicia.
Nos anima un modo de ver la vida que nuestras madres
Nos han dado con su pecho y sus canciones.

Jóvenes de Celendín,

Hombres y mujeres de mi tierra.
Ha llegado la hora, nuestra hora
Estamos luchando por el agua y la vida
Por el respeto del cielo y la tierra nuestros,
Pero también, que lo sepan todos,
Por nuestra dignidad amenazada.
Y por la dignidad de todo hombre,
Y de toda mujer,
Y de todo niño,
Del grande y del pequeño,
En todo lugar, encumbrado o llano, de nuestro planeta.
Esta es nuestra hora, hermanos valientes,
Esta es nuestra tarea, en esta noche en que aúllan los lobos.


Alfredo Pita
4 de julio de 2012

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jueves, 1 de marzo de 2012

ENTREVISTA: Una deuda filial

La República, Lima, jueves 01 de marzo de 2012

“NOS ENSEÑÓ LA CÓLERA, PERO TAMBIEN LA DIGNIDAD”

Alfredo Pita. El escritor cajamarquino ha publicado Días de sol y silencio, un libro testimonial sobre su amistad con José María Arguedas, autor que a pesar de su ausencia, hoy está, como estuvo ayer, junto a los jóvenes.

Por Pedro Escribano

En Lima. Alfredo Pita en el mítico café bar Cordano, en donde solía reunirse la crema y nata de los intelectuales peruanos.

El libro más reciente de Alfredo Pita, Días de sol y silencio —una incursión en la memoria de una singular amistad, la que unió, hace cuatro décadas, a José María Arguedas con un joven estudiante sanmarquino que no estaba seguro de ser poeta pero que soñaba firmemente con ser escritor—, se vende en estos días en las librerías limeñas, beneficiándose de un comprensible efecto de “boca a oreja” que lo exime de mayor publicidad.
Sin duda la sombra del gran escritor y la curiosidad que despiertan su existencia, su final, la atmósfera de su vida doméstica en sus años postreros, tienen que ver con esta acogida más que positiva, y a la que contribuye también, sin duda, la prosa honesta con la que el narrador cajamarquino elabora su testimonio, sin dejar de lado las impactantes fotografías de Olga Luna, que no hay que vacilar en calificar de históricas y que han sido incluidas en el cuidado volumen (porque esto también hay que decirlo, se trata de una impecable edición de la Universidad Inca Garcilaso).

¿Cómo ocurrió que Arguedas fuera tu amigo?, algunos dicen que era muy huraño.
José María, como todos los seres humanos, tenía muchas facetas. Y con frecuencia era un ser ensimismado, sí. Pero sin duda tenía vocación de maestro y podía ser amigo sincero y directo de los jóvenes. Tuve la suerte de beneficiarme de su amistad.

Como Gardel, José María Arguedas es cada vez más popular. ¿Cómo explicas esto?
Los pueblos y las nuevas generaciones necesitan mitos que los ayuden a comprender el pasado, el presente y que los armen ante el porvenir, sobre todo cuando hay crisis.

Arguedas es muy popular entre los jóvenes, incluso entre quienes no lo han leído.
No es de extrañar. El Perú de hoy, que algunos pintan como disparado hacia el desarrollo, sigue siendo desigual, injusto y cubierto de las viejas taras que explican históricamente nuestro atraso y subdesarrollo. Arguedas es alguien que pensó el Perú en su complejidad e intentó hallar salidas. El respeto de los peruanos de abajo fue su propuesta clave.

¿El escritor, además de artista, es un conductor moral, social…?
Este rol se disipa cada vez más, pero Arguedas lo fue.

¿Como se da esto? Arguedas desapareció y la sociedad ha cambiado...
No tanto como parece. En las relaciones sociales básicas hay desigualdad e injusticia como antes, e incluso más. El discurso sobre las bondades del mercado es hegemónico y deshumanizante. Lo vemos hoy en Cajamarca. El desprecio, el racismo y la segregación han reaparecido con virulencia, aunque disfrazados. Arguedas alentó la reacción. Él nos enseñó la cólera, pero también la dignidad. Por eso su voz suena.

¿Cómo así?
José María, en sus últimos escritos, dijo algo muy claro: que frente al horror social debíamos reaccionar con cólera, nunca con rabia. Este es un fundamento ético que asumen los jóvenes en su lucha cada vez más consciente en pos de una sociedad más justa y democrática.

Tu libro cerró el Año Arguedas, ¿esa fue tu intención?
Ni el libro ni su fecha de aparición fueron premeditados. Yo nunca pensé escribir un libro sobre mi relación con José María, Sybila y su familia. Mi editor, Lucas Lavado, me puso en una disyuntiva grave: “Eres el único escritor peruano que siendo joven tuvo acceso a la familia de los Arguedas. Si tú no dices algo, ¿quién lo va a hacer?” Me hizo el pedido a mediados del año pasado. El libro salió en diciembre.

¿Estás contento con el resultado?
Estoy como de retorno de un viaje a otro mundo y a otra edad, hecho con la experiencia que me ha dado la vida. Estoy contento, además, pues tengo la sensación de haber pagado una deuda filial.

Dato:
Presentación. Días de sol y silencio hoy en el auditorio José Watanabe, de la Feria Internacional de libro en Trujillo, 5 pm.

domingo, 16 de octubre de 2011

CELENDÍN, LOS JÓVENES Y LA MINERA

Publicado en la Pag. de Opinión de La República, 15.10.2011.
Por Alfredo Pita
En los últimos días me han escrito mensajes varios jóvenes de Celendín. Es la primera vez que esto me ocurre en años. Son jóvenes que apenas están llegando a la mayoría de edad. Un sentimiento ciudadano, político, los anima, sin embargo. Les preocupa el futuro, el agua, la destrucción de los ecosistemas de la provincia, la amenaza que intuyen, o que ya entrevén, con respecto a la gran transnacional minera que se está implantando en su tierra.
Esta reacción juvenil es algo nuevo y esperanzador. Durante mucho tiempo la gente que se preocupaba por los muchos problemas políticos, urbanísticos, culturales, ecológicos de Celendín eran maestros, artistas, artesanos y otros ejemplares de mi generación, mejor dicho gente ya madura, por decir lo menos (aunque con un entusiasmo que nos hace pensar que seguimos por los veinte años). Nuestro relativo aislamiento nos preocupaba pues teníamos la sensación de que arábamos en el mar, como Bolivar, de que la apatía de los celendinos era de cemento y de que librábamos batalla casi solos, sin relevo en las nuevas generaciones.
Estábamos muy equivocados. Los mensajes de Diana, Javier, Iris, Jorge, Tania, Michael, Nico, muestran que la vida hace su trabajo aunque se tome sus plazos. Los jóvenes de Celendín, en la ciudad misma o en los distritos, en Cajamarca, Trujillo o Lima, donde estén, se han puesto en marcha y están organizando la red consciente, y subconsciente, de la resistencia, usando a fondo las redes sociales, los blogs, twitter y el correo electrónico.
Mis queridos amigos de la asociación Celendín Pueblo Mágico y de Celendín PM pueden estar contentos y orgullosos, pues, su trabajo precursor, ha sido bueno y productivo, han sembrado en la buena tierra y con la buena semilla. Los jóvenes se suman a su batalla para garantizar los resultados, o, por lo menos, para que los depredadores y los corruptos no se la lleven tan fácil. La minera y sus artimañas, las autoridades corruptas, los cómplices y los indiferentes, que lo tengan en cuenta, un movimiento cada vez más amplio y proliferante les hará frente.
Algunos de los jóvenes que me han escrito, tienen dudas en torno a lo que deben hacer. La minera les habla de inversiones fabulosas, de miles puestos de trabajo, de desarrollo. A la vez saben que el agua de la comarca depende de la lluvia pero sobre todo de fuentes, lagunas y humedales de altura que, si son tocados, se destruirá o envenenará sistemas absolutamente frágiles de alimentación hídrica en los valles y bajeras.
Estos jóvenes, que son estudiantes y que leen, saben lo que ha ocurrido en la provincia de Cajamarca y en la misma ciudad capital del departamento, cuya población hoy está tomado agua del cerro Quilish, que creían pura y preservada, y que en realidad está llena de contenidos químicos, pues antes de que llegue a sus casas ha sido usada por la minera.

La laguna celendina Perol, y otras veinte como ella, desaparecerán por acción de la minera, que necesita el agua para lavar el mineral y los químicos que usará masivamente para extraer el oro.

Cajamarca, a mediados de los años 90, en los días del gobierno sangriento y corrupto de Alberto Fujimori, también creyó que la bonanza estaba tocando a su puerta con la llegada de Yanacocha y con la exhibición del primer lingote de oro, brazo en alto, por el dictador nipo-peruano. Es cierto, en los años siguientes, en la ciudad capital, creció la población, se activo la construcción y el comercio, se activó una cierta vida nocturna y aumentó el números de mendigos, delincuentes y prostitutas. Y eso fue todo.
Cajamarca sigue figurando entre los departamentos más pobres del Perú.
Los jóvenes de Celendín sienten, pues, que hay trampa en lo que les ofrecen, que no les dicen todo, que detrás de las promesas doradas algo los amenaza. Y tienen razón. A ellos les digo que no le crean a la minera, a las autoridades corruptas ni a sus agentes solapados. Hay que buscar y hallar vías de desarrollo que no impliquen la destrucción de la tierra.
A ellos les repito lo que ya he dicho en otro sitio: si los codiciosos nos ponen en la disyuntiva de escoger entre el agua que alimenta la vida de nuestros valles y poblaciones, y el oro que las transnacionales sacan para sí, la opción es fácil, votemos por el agua, por la vida nuestra y la vida futura. Los accionistas de las mineras no toman agua de relaves, ténganlo por seguro.
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